Stablecoin vs. Bitcoin: ¿cuáles son las diferencias?
Conoce la diferencia entre una criptomoneda y una stablecoin, desde su historia, hasta sus usos principales y ejemplares más populares.
Bitcoin nació para revolucionar los pagos, pero terminó convirtiéndose en oro digital. Esta es la historia de cómo una idea brillante evolucionó hacia algo que nadie planeó.
junio de 2026

Este es el primero de una serie de tres artículos sobre el pasado, presente y futuro de las stablecoins como infraestructura de pagos globales.
En octubre del 2008, en medio de la peor crisis financiera en décadas, un documento de nueve páginas circuló en una lista de correo de criptografía. Lo firmaba alguien llamado Satoshi Nakamoto y su título era directo: Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System.
La propuesta era simple y ambiciosa a la vez: un sistema de pagos electrónicos que permitiera transacciones directas entre personas, sin bancos, sin intermediarios, sin comisiones opacas.
La promesa era resolver algo concreto: el costo y la fricción de mover dinero. Dieciséis años después, Bitcoin vale más de dos billones de dólares. Pero casi nadie lo usa para pagar nada.
El whitepaper de Bitcoin no hablaba de inversiones ni de reserva de valor. Hablaba de pagos. La primera oración del documento lo dice sin rodeos: una versión puramente electrónica de dinero en efectivo que permitiría enviar pagos en línea directamente, sin pasar por una institución financiera.
El contexto importa: el paper se publicó semanas después de la quiebra de Lehman Brothers, cuando la desconfianza en el sistema bancario global estaba en su punto más alto. La propuesta de Nakamoto era técnica, pero también era política: ¿por qué depender de instituciones que acababan de demostrar ser frágiles?
La solución era elegante. En lugar de sistema bancario centralizado que valide transacciones, una red distribuida de computadoras llevaría un registro público e inmutable de cada movimiento. Sin intermediarios. Sin horarios de corte. Sin comisiones arbitrarias.
Los primeros años de Bitcoin fueron coherentes con esa visión. En mayo de 2010, un programador llamado Laszlo Hanyecz pagó 10,000 bitcoins por dos pizzas, la primera transacción comercial documentada con la criptomoneda (fun fact: incluso existe el bitcoin pizza day). En ese momento, 10,000 BTC valían aproximadamente $41 dólares.
Pero algo cambió en el camino. A medida que más personas descubrieron Bitcoin, su precio empezó a moverse de forma impredecible. En 2013 pasó de $13 dólares a más de $1,000 dólares en cuestión de meses. En 2017 llegó a $20,000 antes de desplomarse a $3,000. En 2021 tocó $69,000.
Esa volatilidad extrema, casi diez veces mayor que la de las principales divisas según análisis académicos, hizo imposible usar Bitcoin como moneda en la práctica. Nadie quiere pagar un café con algo cuyo valor puede duplicarse o reducirse a la mitad en semanas. Y nadie quiere recibirlo como pago por la misma razón.
El resultado fue un giro gradual pero definitivo en el relato. Y tiene cierta lógica: la misma desconfianza en los bancos centrales que llevó a Satoshi a crear Bitcoin fue la que convenció a muchos de que era mejor guardarlo que gastarlo. Si el sistema financiero no era confiable, ¿para qué depender de él para fijar el valor de tu dinero? Bitcoin dejó de ser promovido como dinero electrónico y empezó a ser promovido como oro digital, una reserva de valor, un activo escaso que protege contra la inflación. Michael Saylor, MicroStrategy, y eventualmente ETFs institucionales de BlackRock adoptaron y popularizaron esa narrativa.
No fue una conspiración ni una traición a la visión original. Fue una consecuencia natural de la adopción masiva y la especulación que la acompañó. El mercado decidió qué quería hacer con Bitcoin, y lo que quería era especular, no pagar.
Más allá del comportamiento del mercado, hay un problema de diseño que limitó estructuralmente el uso de Bitcoin como medio de pago: la red original de Bitcoin procesaba alrededor de 7 transacciones por segundo. Visa procesa miles. En momentos de alta demanda, las comisiones por transacción en la red de Bitcoin se dispararon a niveles que hacían inviable cualquier pago cotidiano.
Ethereum intentó ampliar el caso de uso con contratos inteligentes y una plataforma programable. Pero tampoco escapó del ciclo especulativo. El auge de los NFTs en 2021 y la proliferación de tokens sin utilidad real consolidaron la imagen de las criptomonedas como vehículos de especulación, no de pagos. La promesa original del blockchain, mover dinero de forma simple, rápida y sin intermediarios, quedó pendiente.
Lo irónico es que el problema que Satoshi quería resolver en 2008 sigue vigente en 2025. Mover dinero entre países sigue siendo lento, caro y opaco. Una empresa en Bogotá que quiere pagar a un proveedor en Tokio sigue dependiendo de una cadena de bancos corresponsales, spreads cambiarios poco transparentes y tiempos de acreditación de días.
Bitcoin generó la infraestructura conceptual y tecnológica para resolver ese problema, pero no lo resolvió él mismo. Sin embargo, abrió la puerta a algo distinto: las stablecoins.
Si Bitcoin fue el experimento que demostró que era posible mover valor de forma descentralizada, las stablecoins son el instrumento que tomó esa posibilidad y la puso en práctica. Sin la volatilidad. Sin la fricción. Con la estabilidad que un medio de pago requiere.
Así que te recomendamos leer el siguiente artículo de esta serie para saber cómo las stablecoins se convirtieron en un medio de pago.
Conoce la diferencia entre una criptomoneda y una stablecoin, desde su historia, hasta sus usos principales y ejemplares más populares.
Descubre cómo llevar tu negocio local al mercado global con ayuda de las stablecoins, para ello te explicaremos qué son y cómo funcionan.
En los últimos años, más empresas han comenzado a unirse al mundo cripto. No todas las transacciones con criptomonedas se realizan en interc...
Descubre cómo los pagos cross-border pueden ser clave para el crecimiento internacional de tu empresa.